El sistema GPS rara vez acapara titulares porque, en general, simplemente funciona. Esta vez el problema no está en el espacio, sino en el código que se ejecuta en tierra. El Next Generation Operational Control System (OCX), desarrollado por RTX Corporation —antes Raytheon— lleva más de 15 años en desarrollo, acumula un coste de 7.600 millones de dólares y todavía no está operativo. La cifra sube a 8.000 millones si se incluye la ampliación prevista para dar soporte a los futuros satélites GPS IIIF, cuyo lanzamiento está previsto para el año que viene.
El contrato se firmó en 2010 con una entrega prevista para 2016 a un coste de 3.700 millones. El desfase es, a estas alturas, difícil de justificar. El Julio de 2025, Space Force aceptó formalmente la entrega de una versión «mission-capable», lo que parecía una señal de que el programa enfilaba la recta final. Las pruebas militares posteriores con satélites reales, antenas terrestres y equipos de usuario revelaron lo contrario: fallos extendidos en todos los subsistemas, muchos de los cuales siguen sin resolverse. Thomas Ainsworth, secretario adjunto de la Fuerza Aérea para adquisiciones espaciales, lo expuso sin rodeos ante el Congreso: el programa ha puesto en riesgo el lanzamiento y las capacidades de los futuros satélites GPS.

M-code: la capacidad militar que sigue sin llegar
El núcleo del problema es estratégico. OCX fue diseñado para habilitar el pleno aprovechamiento del M-code, la señal GPS militar resistente a interferencias y spoofing —el tipo de ataque que induce a los receptores a confiar en señales falsas—. Su importancia ha crecido con los conflictos en Ucrania y Oriente Medio, donde el jamming y el spoofing son amenazas activas. Ante los retrasos, el ejército ya tuvo que adaptar el sistema de control heredado Architecture Evolution Plan para gestionar los satélites GPS III, logrando en 2020 un acceso parcial al M-code en unos 700 tipos de sistemas de armas. Pero el acceso completo sigue pendiente de OCX.
Ahora el Pentágono se plantea dos opciones: cancelar el programa por completo o trasladar sus componentes útiles al sistema antiguo. Ainsworth reconoció ante los legisladores que seguir actualizando el sistema heredado «es ahora una opción viable» dado el estado del OCX. La GAO ya había señalado en su momento que el programa fue víctima de «malas decisiones de adquisición y un reconocimiento tardío de los problemas», con deficiencias en ciberseguridad y una tasa de defectos en el software persistentemente alta. Las responsabilidades, según el propio Ainsworth, se reparten entre la gestión gubernamental y el rendimiento del contratista.
Para el usuario de smartphone, esto no cambia nada hoy: la constelación sigue operativa y los receptores civiles combinan señales de GPS, Galileo, BeiDou y GLONASS. El coste real lo asumen el ejército y sus aliados. Y el mensaje de fondo es más preocupante que un retraso presupuestario: en los sistemas espaciales, el código se ha vuelto tan estratégico como el propio satélite, y ahí es donde Estados Unidos está perdiendo terreno.
Fuente: SpaceNews, US Space Force, Space Systems Command, Raytheon, Ars Technica

