El 13 de mayo de 2016 marcó el regreso triunfal de una de las franquicias más influyentes de los videojuegos. DOOM apareció en un momento en el que los shooters apostaban por coberturas, campañas cinematográficas y un ritmo mucho más pausado. Frente a esa tendencia, id Software decidió recuperar la velocidad, la agresividad y la violencia directa que habían convertido a la saga en una leyenda durante los años 90.
La apuesta no era precisamente sencilla. Tras la divisiva recepción de Doom 3, considerado por algunos un experimento exitoso de survival horror y por otros una desviación total de la identidad de la franquicia, el estudio incluso llegó a trabajar en un proyecto todavía más alejado de sus raíces. Hacia 2007, algunos desarrolladores describían aquella versión cancelada como “Call of Doom”, debido a su enfoque más realista y cercano a shooters militares modernos. El desarrollo terminó siendo tan caótico que Bethesda intervino y el proyecto acabó reiniciándose desde cero.
La solución fue volver a lo básico, aunque adaptándolo a una presentación moderna. Así nació DOOM, un reboot que desde sus primeros minutos dejaba clara su filosofía. El protagonista interrumpe violentamente los discursos del doctor Samuel Hayden, superviviente de la invasión demoníaca en Marte, dejando claro que aquí no habría largas conversaciones ni pausas tácticas: el objetivo era avanzar disparando sin descanso.
Ese enfoque terminó convirtiéndose en el gran acierto del juego. Mientras franquicias como Gears of War habían popularizado el combate defensivo tras coberturas, DOOM apostó por el movimiento constante, la presión ofensiva y el combate cuerpo a cuerpo. La munición, la salud y los recursos se obtenían atacando agresivamente a los demonios, obligando al jugador a mantenerse siempre en movimiento.
Aunque el multijugador nunca alcanzó el mismo reconocimiento y fue visto por parte de la comunidad como una propuesta demasiado recargada, la campaña individual sigue siendo considerada una de las mejores dentro del género FPS moderno. El gunplay continúa destacando incluso una década después, apoyado por un apartado visual que todavía mantiene un nivel notable.
Las armas también ayudaron a construir esa identidad frenética. Algunas podían romper parcialmente el equilibrio, especialmente el icónico Super Shotgun, capaz de convertirse prácticamente en el arma principal durante buena parte de la aventura. Sin embargo, ese exceso encajaba perfectamente con el tono salvaje de la experiencia.
Otro de los elementos más recordados fueron los glory kills, ejecuciones brutales sobre demonios que añadían ritmo y espectacularidad a los enfrentamientos. A eso se sumaba una historia sencilla pero efectiva, acompañada por un codex opcional que expandía el lore para quienes quisieran profundizar más en el universo del juego, una idea que posteriormente también aparecería en Doom Eternal.
El éxito de DOOM fue tanto comercial como creativo, revitalizando por completo la franquicia y abriendo una nueva etapa para id Software. El capítulo más reciente de esa evolución es DOOM: The Dark Ages, lanzado también un 13 de mayo y que recientemente celebró su primer aniversario, demostrando que el renacimiento iniciado en 2016 sigue marcando el rumbo de la saga.








